EL IMAGINARIA DEL TERCER TURNO

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domingo, 8 de octubre de 2023

REMEMBRANZAS

 Por :

Jorge Valverde Challe

XX Promociòn CMLP

Corría el año 1962, en aquel entonces Lima era una ciudad amigable y apacible, en la radio empezaban a aparecer temas musicales de un grupo inglés llamado los Beatles que marcarían un hito en la música moderna, gran parte de la población limeña se transportaba en tranvías que circulaban por toda la ciudad, hoy en día ya han desaparecido de la circulación, la gente se distraía yendo a los cines para ver una película o a las matinales musicales, paseando por Miraflores o el Jr. De la Unión o tomando un café en los tantos lugares agradables de aquel entonces; yo cursaba el segundo año de secundaria cuando un día de ese mismo año, mi padre llegó a la casa portando un sobre que me entregó, lleno de curiosidad saque su contenido y vi que se trataba de un prospecto de admisión para un colegio militar donde se cursaban los tres últimos años de la educación escolar, era el Colegio Militar Leoncio Prado, yo sabía de su existencia ya que mis dos hermanos mayores habían terminado sus estudios en aquel colegio,  no era simple lograrlo, había que postular y aprobar las pruebas de conocimiento así como las de aptitud física y médico, fuimos cerca de 400 los afortunados que alcanzamos vacante y pasaríamos a integrar la XX promoción del CMLP, ese ingreso nos cambiaría la vida para siempre.

En los primeros días marzo del año 1963 (yo acababa de cumplir 14 años el día primero de ese mes), todos los postulantes que logramos una vacante, ingresamos al colegio por la puerta principal ubicada en la Av. Costanera donde se encuentra la estatua del Coronel Leoncio Prado, patrono del colegio y héroe de la guerra del Pacífico.

Trasponiendo la puerta pasando por la guardia de prevención, nos hicieron formar en unas canchas de cemento con unos tableros de básquet algo deteriorados por la brisa marina, ya que las instalaciones del CMLP se encuentran al borde de un acantilado que da al mar en el distrito de La Perla; las canchas estaban ubicadas al lado derecho de la entrada, luego de una corta espera se presentaron los oficiales asignados a la promoción, un capitán jefe de año, tres tenientes, cada uno a cargo de una compañía integrada por tres secciones, tres sub oficiales, asistentes de cada teniente y los monitores, estos últimos, cadetes del quinto año que habían recibido un curso de instrucción militar en los meses de verano para estar a cargo directo de los alumnos recién ingresados. Nos llamaron a cada uno de los que conformaríamos las 10 secciones del tercer año, integrado por estudiantes de todas las regiones del país, procedentes de colegios particulares y públicos, de toda condición social y de todas las razas, incluso habían varios cadetes panameños; ese día la XX promoción recibía su partida de nacimiento.

Una vez integrada las secciones en un número aproximado de 40 a 45 nuevos cadetes, los monitores nos llevaron al pabellón de tercer año y nos instalaron en los dormitorios llamados cuadras en las que pernoctaríamos el primer año de nuestra estadía, nos repartieron útiles, uniformes, capotines (tenías suerte si te daban uno de tu talla), borceguíes y colchones, los que tendríamos que marcar con alquitrán utilizando unas plantillas que nos repartieron y en donde se indicaba la sección a la que pertenecías y el número de orden que nos correspondía, nos mostraron nuestros respectivos camarotes donde pusimos nuestros colchones de lana, nos asignaron un ropero metálico donde guardaríamos nuestras pertenencias con un orden determinado y nos señalaron el área del piso del dormitorio que a partir de la fecha, era de nuestra responsabilidad mantenerlo limpio, enserado y lustrado, ya que dentro de la lista de cosas que nos solicitaron llevar, se encontraba una lata de cera y una franela.

Recuerdo la primera noche, fue difícil para todos, acabábamos de dejar la seguridad de nuestros hogares, la tutela y cariño de nuestros padres para de pronto, dormir en unos dormitorios colectivos con una veintena de camarotes y gente aún extraña, algunos no soportaron este drástico cambio y abandonaron el colegio en la primera semana, al amanecer tampoco fue fácil, fuimos despertados muy temprano con el toque de diana, teníamos que levantarnos a toda prisa, asearnos, vestirnos y salir a formar muy rápido, una vez formados los monitores pasaban lista y entregaban el parte de asistencia a los tenientes, comprobada la asistencia, marcharíamos al comedor para tomar el desayuno, un comedor enorme lleno de bullicio de platos, tasas, jarras y todo menaje de cocina, una veintena de mozos corriendo de un lado a otro repartiendo las raciones  del desayuno, cada ración estaba constituida por tres panes hechos en la panadería del mismo colegio y recién salidos del horno, un plato de avena, una tasa de leche, mantequilla, mortadela o aceitunas; en cada mesa del comedor se ubicaban 9 alumnos y un jefe de mesa integrado por un cadete de quinto año quien se encargaba de mantener el orden y los modales al comer.

Las primeras semanas fueron de una intensa capacitación militar y de “orden cerrado” a cargo de los oficiales y monitores, formar por secciones al paso ligero, tres últimos, firmes, atención, media vuelta, distancia sobre el hombro una y otra vez, marchas, ranas, planchas, canguros y más marchas, mas canguros, ranas y planchas, correr en formación y al paso ligero alrededor de las canchas deportivas, etc. etc. terminando el día agotados de tanto desgaste físico. Como compensación a este despliegue de energía, el rancho a la hora del almuerzo y la comida era abundante, dos panes a la hora del almuerzo, un plato de sopa, un segundo consistente en alguna menestra, un trozo de carne o pollo, arroz y postre, lo mismo a la hora del rancho de la noche pero ya sólo daban un pan por persona y si te descuidabas no comías tu pan; comida que literalmente era devorada con mucha avidez.

Nos enseñaron a hacer nuestra propia cama, habían dos formas de hacerlo; cama de día y cama de noche, la cama de día era doblar ambas sabanas por separado y dejarlas del tamaño de la almohada, una envolvía la almohada y se ponía en la parte superior, luego venía doblada la frazada del mismo tamaño de la almohada y se ponía en la parte media y por último la segunda sábana que envolvía la pijama, esta iba debajo de los dos primeros bultos haciendo un conjunto de tres paquetes perfectamente alineados en la cabecera y sobre el colchón se ponía la colcha, la que debía estar templada sin tener ni una sola arruga, la cama de noche es la misma que conocemos comúnmente, esto se repitió cada noche y cada mañana durante los tres años de nuestra estadía.

Los baños merecen una mención aparte; las duchas eran unos lugares ubicados dentro de una  edificación de un solo piso separadas de las cuadras por un pequeño campo de futbol y que tenían instaladas unas gruesas tuberías de agua, tanto en la parte superior como en los laterales de unos amplios ambientes de donde sólo salía agua fría y nos bañábamos todos a la vez, como en los establecimientos para lavar carros; también estaba el famoso “malacate”, lugar en el que hacíamos nuestras necesidades básicas, el malacate era un ambiente en el que se habían instalado dos filas de unos 10 wáteres por lado ubicados frente a frente, separados individualmente entre sí por unos pequeños muro, de modo que no podías ver a tus compañeros ubicado a los lados, pero no habían puertas, así que si podías ver a los que tenías frente a ti, cosa de locos, tremendo cambio para unos jovencitos acostumbrados a la privacidad de los baños de nuestros hogares.

Hacia fines de marzo se habían reintegrado la totalidad de alumnos del cuarto y quinto año, completando así el batallón de cadetes del CMLP al mando de un mayor jefe de batallón, compuesto por cadetes del tercer año llamados alumnos, los de cuarto llamados aspirantes, y los de quinto llamados técnicos, pero en el argot del colegio eran perros, chivos y vacas, en ese mismo orden.

Una vez completado el alumnado, la adaptación de los de tercero no era sencilla, éramos la última rueda del coche en el orden jerárquico, a todos los cadetes se les dotó a manera de identificación de una placa con nuestro nombre que debíamos prender en la tapa del bolsillo de la camisa del uniforme de diario, y en mi caso sucedió un hecho que nunca he olvidado; cuando me estaba dirigiendo a las cuadras de mi año, fui interceptado por un cadete de quinto (XVIII promoción), el cual al leer mi apellido en la placa de identificación me preguntó cuál era mi relación con un ex cadete de la XVI que tenía el mismo apellido, al describirlo le dije que era mi hermano, iluso yo de pensar que era un amigo de mi hermano que me protegería, pero fue todo lo contrario, mi hermano era muy inquieto y peleador y este me dijo que mi hermano le había pegado varias veces, luego de ello me abrazo del cuello fuertemente y me llevó a su cuadra,  felizmente era una de las más pequeñas ubicada en uno de los extremos del segundo piso del pabellón de quinto, ingresó siempre conmigo agarrado del cuello y les dijo a sus compañeros que allí se encontraban: Muchachos saben quién es este, es el hermano de fulanito, a continuación escuché un prolongado murmullo y muchos saludos a mi madre, luego de varias planchas y canguros que me ordenaron hacer, uno de los técnicos se me acercó con un cepillo de dientes y me lo extendió, yo sorprendido e ingenuo le dije que ya tenía cepillo, a continuación me dijo, barre ¡!! Y tuve que barrer la cuadra con el cepillo, felizmente como les comente, era un dormitorio pequeño, pero amanecí con un ligero dolor de espaldas y con un recuerdo inolvidable. Comprendí después de este incidente que yo sería el que iba a expiar muchas de las palomilladas de mi hermano, él había dejado huella a su paso por el colegio; con el correr del tiempo el técnico y yo terminaríamos siendo amigos.

El año académico en ese entonces comenzaba el primer día útil de abril, concurriendo a las aulas en horarios de mañana y tarde, para volver en las noches para cumplir con las tareas y estudiar las distintas materias, el plantel educativo era extraordinario, unos señores profesores, no quiero mencionar ningún nombre para no cometer el error de omitir a alguno de ellos, lo que sería una enorme injusticia, la mayoría autores de los textos escolares con los que estudiaban todos los colegios del país, nosotros fuimos afortunados concurriendo a las clases que recibimos de estos brillantes amautas.

El tiempo de ocio era muy poco, luego de concurrir a las aulas durante el día, a partir de las 5 pm había mucha actividad deportiva y cultural, entrenamiento en atletismo, clases de judo, pintura, música, ajedrez, periodismo, teatro etc. etc. nadie tenía tiempo de aburrirse. Por otro lado, los oficiales constantemente pasaban revista en las cuadras, comprobaban que el piso estuviera limpio, encerado y brillante, las camas bien hechas y templadas, los roperos en perfecto orden y la ropa aseada, así era la rutina diarias dentro de las instalaciones del colegio.

En el mes de julio de ese año, empezaron los ensayos para el gran desfile militar de fiestas patrias, el batallón de cadetes era ubicado a continuación de la escuela militar de Chorrillos, los ensayos eran arduos y con muchas pasadas por la tribuna central, teníamos que cargar sobre el hombre un fusil Mauser modelo original peruano de un peso aproximado de 4 kilos que tenía una larga bayoneta y que nos habían asignado como equipo a comienzo de año, además del fusil nos entregaron una mochila de lona muy resistente, una cantimplora para agua y un casco de soldado que utilizábamos los sábados para hacer maniobras fuera del colegio por la zona de Maranga que para ese entonces no tenía la población de hoy, la mayoría eran campos de cultivo y potreros que con el tiempo y el correr de los años, el cemento cambiaria para siempre ese panorama.

Todos los cadetes de tercero con el correr del tiempo, nos fuimos acostumbrando al rígido sistema de disciplina y estudios, pero cuando a uno lo pillaban cometiendo un acto de indisciplina o fuera del reglamento, teníamos dos opciones: o hacer castigo físico que consistía en ejecutar un número determinado de planchas, canguros, ranas o aceptar una papeleta de infracción disciplinaria, estas tenían un puntaje determinado y las aplicaban en función a la falta cometida, la mínima era de 3 puntos, con 5 puntos te arruinaban la salida del sábado a las 11 am y recién salías a las 5 pm, si sumabas 10 puntos no salías hasta el domingo a las 10 de la mañana y si superabas los veinte puntos, ya que las papeletas eran acumulativas, te quedabas castigado todo el fin de semana sin salir del colegio y te convertías en el banquete de la gran cantidad de zancudos que no dejaban dormir por la noche chupándote tu sangre; habían cadetes que casi siempre eran castigados y no salían con mucha frecuencia, salvo en las ocasiones que decretaban salida general, a estos castigados les decíamos panetones porque sólo salían para fiestas patrias o por navidad.

En el aspecto militar desarrollamos actividades propias de un cuartel, por ejemplo el servicio de imaginaria, cada noche y de acuerdo a un rol establecido, 4 cadetes tenían que cumplir con este servicio que consistía en velar durante dos horas la cuadra y dar parte a la ronda nocturna de oficiales si había alguna novedad con los cadetes, recuerdo que mi primera vez fue muy estresante, esa noche me toco el tercer turno, es decir de 2 a 4 de la madrugada (sin duda era el peor turno), y justo esa noche nos habían pasado en el auditorio una película de terror (para esa época), con Vincent Price llamada La Fosa y el Péndulo, además, los cadetes de quinto año nos habían dicho que el alma de Duilio Poggi (Héroe leonciopradino muerto trágicamente por defender a una dama) se paseaba de madrugada por las cuadras, sumado a que algunos compañeros de pronto y a gritos, hablaban dormidos originándome más miedo, es decir, pasé mi turno con los pelos de punta, no veía las horas de hacer el relevo con el turno siguiente, demás está decir que cada turno parecía una eternidad.

En la parte de evaluación estudiantil se clasificaba a los cadetes de acuerdo a su aprovechamiento en: Cadetes de Honor que eran los que alcanzaban las más altas notas y se les distinguía con un cordón rojo y amarillo, cadetes distinguidos que usaban un cordón rojos, cadetes eficientes y cadetes deficientes (o simplemente corchos), felizmente muy pocos de estos últimos, la competencia era ardua y cada bimestre cambiaba el orden de mérito, la puntuación de notas era del 1 al 100 siendo 60 el mínimo aprobatorio.

En el mes de diciembre se realizó la clausura del año escolar, en esa época la ceremonia era presidida por el Presidente de la República y el comandante general del ejército peruano, para ese entonces nosotros ya no éramos los mismos que habíamos ingresamos en marzo, durante un año fuimos moldeados y curtidos tanto en la parte intelectual como física y por fin dejaríamos de ser los últimos en el orden jerárquico, seriamos aspirantes, lamentablemente con algunas bajas por aprovechamiento o conducta.

Así terminó el año 1963 para la XX promoción, con miles de anécdotas individuales y de grupo, ahora al mirar retrospectivamente, me invade cierta nostalgia por haber vivido esos maravillosos años de juventud donde se forjaron las mejores amistades y un sólido sentimiento de compañerismos entre nosotros, las paredes amarillas del colegio que nos cobijó del frio invernal frente al mar ya no existen, la famosa Siberia (llamada así por el intenso frio que se sentía en ese lugar), pabellón de nuestras aulas durante los tres años de permanencia en nuestro colegio, ahora sólo vive en nuestro recuerdo, la Perlita, un quiosco de comida muy concurrido tampoco está, todo fue demolido para reconstruir un moderno local, muchos de nuestros compañeros muy queridos y con los que compartimos momentos de alegría, estudio, tristeza, marchas forzadas, castigos físicos, palomilladas y bromas,  moran ahora en otra dimensión, tal vez desfilando marcialmente en el cielo o cantando nuestro himno llenos de alegría, atrás quedaron esos años juveniles llenos de vitalidad, pero nos queda el consuelo y el orgullo de haber pasado por sus aulas y vestido el uniforme del colegio en sus dorados y mejores años,

En lo personal me queda un sentimiento de enorme gratitud, en primer lugar a mi padre, por haber decidido que yo postulara al colegio militar, a mis profesores, magníficos docentes que lograron instruirnos de la mejor manera, alcanzando un alto grado de preparación en la promoción, con ex cadetes destacados en casi todos los campos de las diferentes profesiones, a nuestros instructores militares, que poco a poco fueron formando nuestra resistencia y nuestro carácter para enfrentar las diferentes situaciones que se presentan en la vida diaria, y a mis compañeros de la XX, hermanos para toda la vida.

Leonciopradinos por siempre.

 

Encontré esta historia que escribí hace algunos años, y con esto y si me lo permiten, rendir un pequeño homenaje de épocas juveniles a todos nuestros compañeros que ya han partido a la eternidad pero que siempre estarán en nuestros recuerdos.

Yo

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martes, 30 de agosto de 2022

DOS MENSAJES SOBRE EL REENCUENTRO LEONCIOPRADINO -XX PROMOCION

 DOS MENSAJES SOBRE EL REENCUENTRO -XX PROMOCION

Apreciados promo,  el sábado me quedé como novio abandonado en el altar 🤭 tenía todo previsto para concurrir al colegio pero tuve un serio problema de malacate que me impidió estar con ustedes.

Espero poder estar el próximo año si Dios quiere,  pero les reenvío una nota que escribí hace años respecto a lo que representa volver a reunirnos en nuestro querido CMLP

Un fuerte abrazo para todos

Jorge Valverde Challe.


 El día sábado se realizó el reencuentro anual del CMLP, fecha esperada por todo leonciopradino, como siempre con una asistencia masiva de promociones, creándose una congestión vehicular por toda la zona colindante al colegio; fue emocionante y muy emotivo ver desfilando por la tribuna oficial, orgullosos y con paso marcial, a integrantes de las primeras promociones, algunos en silla de ruedas o con muletas, muchos bordean fácil, los 90 años de edad, pero el amor a su alma mater es insuperable, es que el CMLP  despierta sentimientos de orgullo (y también de los otros, pero de ello no necesitamos comentar),  por haber pasado por sus aulas e instalaciones, en una época en que siendo cuasi niños, dejábamos nuestros hogares para integrar una nueva familia de compañeros de promoción,  y pasar tres años de nuestras vidas, internos en esa enorme construcción levantada a orillas del mar de La Perla y transitar en medio de los rigores del clima, la disciplina y aprendizaje escolar, a nuestra etapa de adultos. 

Fueron tres años que marcaron nuestras vidas y tuvimos la gran suerte de pasar por sus claustros en sus mejores años de existencia, un plantel irrepetible de profesores, realmente de lujo, muchos de ellos autores de textos escolares y con un cuerpo de oficiales y sub oficiales honorables y de primer nivel.

La amistad y sentimientos de camaradería que se forjan dentro de cada promoción es algo que perdura en el tiempo y a pesar de vernos hoy con cincuenta años más,  lucir algunos kilitos en exceso, con canas o sin ellas (o porque se las pintaron o porque perdieron el cabello…jajajajaja), cada remembranza que comentamos, nos hace retroceder en el tiempo y revivir aquellos años en que derrochábamos juventud, energía y vitalidad en cada día de nuestra estadía en nuestro querido CMLP y también nos hace revivir en la memoria, a todos aquellos queridos compañeros con los que pasamos alegres momentos y que ya partieron a otra dimensión, pero que siempre nos acompañan y están presente pero de forma diferente y  que con toda seguridad nos observan desde donde se encuentren.

Alto el pensamiento



Jorge Valverde Challe.

 


SÁBADO 27.8.2022.   REENCUENTRO


7:15 am.   Un hombre maduro frente al espejo practicaba el Windsor en la corbata de rayas diagonales azul dorada promocional.   De pronto la imaginación se situó en 1964 --aspirante-- domingo por la noche: la corbata era negra, blancas la camisa, polaca y kepí; el pantalón de paño azul y franja negra como los zapatos y medias.   Ese joven tenía quince años.   El hombre maduro parpadeó, apuro el frugal desayuno y casi corrió al encuentro del taxi de llamado.


--¿Al Colegio Militar, señor?

--Si al reencuentro, por favor lo más ligero que puedas.

--entonces vamos por la Costa Verde y luego La Paz.

--Ok


Apeado, el hombre maduro, en la esquina ma próxima del Colegio, por el denso tráfico camino los casi 300 metros hasta la puerta principal.   Traspuesta esa frontera el tiempo retrocedió... 


--Quienes son us-te-des...

--ca-de-tes...

--de-don-de...

--del-co-le-gio-mi-li-tar...

--has-ta-cuan--do...

--has-ta-el-fin...

--has-ta-cuan--doooo ...

-- hasta el fin


El tiempo era relativo, el cielo gris y la humedad, iguales.   Crucé la pista central, tantas veces marchada y desfilada hacia el comedor, las aulas y cuadras.   Fui al encuentro de mi "compañía", poco más de 59 años de aquel 27 de marzo de 1963.  Los saludos de rigor, conversaciones contemporáneas y el desfile por aquella eterna pista donde desfilaremos eternamente.....


UNO, DOS, TRES ....VEIN-TE PRO-MO-CIÓN...RA RA RAAA.


Palmas leonciopradinas .......



ERWIN.BAUER ORMACHEA

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domingo, 21 de marzo de 2021

CUADERNO DE BITÁCORA de Jorge Valverde Challe

 CUADERNO DE BITÁCORA de Jorge Valverde Challe (Escrito hace 12 meses)

Por : Jorge Valverde Challe


Estimados parientes y amigos, hoy hemos entrado al sexto (no a la antigua prisión por las dudas), día de reclusión voluntaria-obligatoria y les cuento que me levante muy animado, después del desayuno con tamales, chicharrón y salchicha de huacho y como todavía calienta el sol, me puse mi ropa de baño de una tela estampada con piel de jirafa y salí a mi amplio y verde jardín con piscina, me recosté en una gran hamaca que me compré en el Caribe, pero previo a ello me serví un refrescante chilcanito que no estaba nada mal, porque después vinieron tres mas, luego de haberme refrescado interiormente, me lancé al agua y me puse a nadar, al cabo de un buen rato me  avisaron que el almuerzo estaba listo, mejor dicho, una deliciosa parrilla con “harta” carne y un excelente vino tinto; cómo la ven, envidiable no??? Luego de almorzar me volví a recostar en la hamaca, y justo cuando estaba agarrando el primer sueño… me desperté ¡!!! que bronca que me dio, así que sigo recluido en mi depa. que lo único verde que tiene son una palmeras artificiales y para colmo no tengo ni una gota de pisco.

La verdad que este internamiento, viéndolo con resignación, me está ampliando mis fronteras culturales, pues hasta hoy me he visto como unas veinte novelas turcas y ya casi casi estoy aprendiendo el idioma, hasta las lágrimas me están saliendo en turco porque son unos dramones larguísimos, por ejemplo: está bien quiere decir tamam en turco, yoc quiere decir no, gudnaiden quiere decir buenos días, anne mamá y babba papá; nada mal no creen ¿? Increíble, nunca pensé en aprender turco, a este paso me voy a volver traductor.

Otra cosa rescatable es que me he convertido en un ciudadano modelo y estoy siguiendo al pie de la letra el asunto de lavarse bien las manos, ayer por ejemplo: lave los platos, la ducha, el baño, baldee el piso de la cocina, metí ropa a la lavadora, etc. etc. es decir casi todo el día y parte de la noche, estuve lavándome las manos bajo la atenta mirada de la ministra del interior que vive conmigo, 

Espero que acabe pronto este acuartelamiento porque si al sexto día estoy alucinando y escribiendo tonterías, no quiero ni imaginar cómo será si lo prorrogan.

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martes, 22 de diciembre de 2020

CAMPAÑA DE FIN DE AÑO CMLP 1965

 CAMPAÑA DE FIN DE AÑO CMLP 1965



Hace un tiempo ya, un compañero del CMLP puso en el FB una foto del año 1965 en que muestra a un grupo de cadetes de la XX promoción a la cual pertenezco, pasando “rancho” en plena campaña de fin de año, igualmente yo encontré otra de la misma campaña en la que aparezco con otros compañeros (yo soy el cuarto de izquierda a derecha), la cual me trajo al presente gratos recuerdos de esos días, eran los últimos días de 1965 ya vivíamos nuestros últimos momentos en el colegio (alegres por terminar , sin imaginar cuánto extrañaríamos sus aulas e instalaciones con el paso de los años), habíamos ingresado al CMLP en el año 1963 siendo casi unos niños y luego de tres años de preparación tanto física como mental, veríamos muy pronto lo que seríamos capaces de lograr físicamente; días previos a la campaña final, nos habían dotado de todo el equipo necesario para la fecha señalada, un fusil Mauser modelo original peruano con su respectiva bayoneta, un casco, mochila, morral, cantimplora y una parte de la carpa de campaña con sus estacas y cordeles, dos cadetes completaban la pequeña carpa que era sólo para dormir a la cual ingresabas rampando ya que su altura no sobrepasada de unos 90 cms. más o menos, no recuerdo con precisión el día que siendo aún de noche (durmiendo en las cuadras del pabellón de quinto), sonó el toque de diana para levantarnos, apresuradamente nos vestimos y nos pusimos nuestros equipos, pasamos rancho y luego nos embarcaron en camiones con el cielo aún oscuro, hacía los arenales de Lurín, llegamos temprano por la mañana, nos bajaron de los vehículos y nos fuimos internando en los arenales de la zona hacia el punto de concentración fijado, marchamos como unos veinte kilómetros cargando todo nuestro equipo, al inicio no sentíamos el peso del mismo pero conforme pasaban los kilómetros caminando a un paso determinado y manteniendo una velocidad pareja en un suelo arenoso, el peso se hacía cada vez más notorio, algunos compañeros habían cargado sus mochilas con latas de conservas de las que se fueron liberando en el camino, marchábamos en dos largas columnas, cuando llegamos al punto de concentración, formamos tres campamentos separados cada uno por unos cincuenta metros más o menos, procedimos a instalar las carpas bi personales y esperar las instrucciones de combate, la verdad fue un gran alivio quitarnos todo el peso del equipo que cargamos por casi 20 kilómetros, la misión era recuperar un cerro que había sido invadido por el enemigo, cada campamento constituido por una compañía (eran tres), estaba conectado entre sí por una red de comunicaciones alámbricas e inalámbricas, las inalámbricas eran los equipos de radio comunicaciones a batería con una gran antena, era portado por un cadete que tenía que estar al lado de un oficial en todo momento, incluso en el teatro de operaciones, y las alámbricas eran constituidas por unos teléfonos que para comunicarse había que levantar el fono y mover una pequeña manivela haciéndola girar en círculo rápidamente desde su eje, estaban conectados a una red de cables que se desplegaron en los tres puntos de concentración, interconectándolos entre ellos, precisamente a cuatro compañeros y a mí nos asignaron a un equipo de comunicaciones, nuestra misión era desplegar e interconectar el punto de comunicación telefónica correspondiente a la primera compañía con las otras dos, para ello teníamos que cargar entre cuatro una enorme y pesada bobina de cable enrollado, había que cruzar una gruesa barra de fierro a través de su eje y cargarlo por varios metros mientras el quinto iba desenrollándolo hasta conectarlo en determinado punto a otro teléfono para la coordinación y comunicación de los oficiales con el centro de comando.

En ningún momento desde nuestra llegada, tuvimos un momento de descanso, la actividad era intensa preparando y organizando el ataque, los mensajeros iban de un emplazamiento a otro con mensajes y órdenes de combate, al llegar la noche la oscuridad era total, no se veía a más de 10 metros aproximadamente, a los centinelas se le comunicó el “santo y seña” que debían responder los que se acercaran al campamento, según me contaron porque yo no lo vi, a un capitán de otro año que nos acompañaba y que no era muy apreciado en la promoción, los centinelas de turno al ver que se acercaba al emplazamiento le pidieron el santo y seña en medio de la oscuridad ( ya sabían de quién se trataba), y al no responder a tiempo le hicieron un apanado, luego argumentaron como disculpa que habían creído que se trataba de un compañero y debido a la oscuridad de la noche no lo habían reconocido, la verdad es que nunca supe si fue cierto o invención; en la noche y a lo lejos, apenas se distinguían las luces de los otros emplazamientos.
Luego de pasar el rancho de la noche que fue llevado en camiones, nos dieron la orden de acostarse, pero para meterse a las carpas había que arrodillarse e ingresar rampando, nos cubrimos con las frazadas y nos quedamos dormidos hasta el día siguiente en que fuimos despertados muy temprano por el toque de la diana, desayunamos y nos convocaron para explicarnos el plan de ataque, la misión como ya les dije, era recuperar unos cerros tomados por el “enemigo”, nos ubicaron en las faldas de los cerros en total sigilo y “armados hasta los dientes”, apenas nos dieron la orden de ataque empezamos a subir por los cerros a la carrera y gritando fuertemente, los tenientes que comandaban las compañías iban a la cabeza de la tropa, de cuando en cuando volteaban a observarnos y ver si subíamos tan rápido como habían sido las ordenes, a los más rezagados les tiraban pequeñas piedras para que aceleraran el paso de la subida, una vez coronadas las cimas, la algarabía fue total, habíamos cumplido con los objetivos y logrado la victoria mandando al enemigo de regreso al sur (jajajajajaja), luego nos regresamos a la zona de campamento para continuar con las rutinas y labores, una de ellas fue enrollar nuevamente con mis compañeros del equipo de comunicaciones, el cable de teléfono a la pesada bobina, fue una ardua labor porque el cable estaba semi enterrado en la arena, al final terminamos cortándolo con una bayoneta para acabar con la pesada labor, dejando enterrado unos cuantos metros.
Para pasar rancho, nos hacían formar en largas colas para recibir nuestra ración que era servida en unos recipientes metálicos que formaban parte de nuestro equipo de combate y que luego de terminar la comida los limpiábamos con la arena del lugar para sacarles la grasa y para que quedaran limpios y pulidos, el agua para rellenar las cantimploras y para el aseo era llevada en camión cisterna; para poder asearnos poníamos el casco como recipiente y una vez lleno lo usábamos como lavatorio, tratando de aprovecharla al máximo, fueron tres días de intenso trajín y emociones, cada grupo o individuo de la promo seguramente tendrá muchos recuerdos de esos días, ya que pasaron numerosas experiencias, recuerdo que la última noche que pasamos en el arenal, algunos compañeros por joda, se tumbaban las pequeñas carpas con los cadetes que dormían dentro de ellas, desamarrando las drizas o desenterrando las estacas y se escondían rápidamente en la oscuridad, una de ellas fue la mía, mi compañero y yo estábamos tan cansado para volverla a armar, que lo único que hicimos fue taparnos además de la frazada con la que dormíamos, con las lonas de la misma, es decir, dormimos al aire libre hasta el día siguiente, felizmente esa noche no me toco vigilancia; al día siguiente se procedió a levantar el campamento (por lo menos mi carpa ya estaba desarmada jajajajaja), e iniciamos la caminata hasta la carretera donde nos esperaba la movilidad para regresar al colegio.
Llegando a Lima y estando en una de las esquinas del colegio que da a la Costanera, los camiones se detuvieron y nos dieron la orden de bajar, nos hicieron formar con todo nuestro equipo a cuestas e ingresamos marchando y cantando al colegio, casi todos teníamos la cara reseca y cuarteada por el sol, algunos teníamos los labios pelados, pero contentos de haber experimentado y ganado la famosa “Campaña Final”.
A los pocos días dejaríamos el colegio (como alumnos), para siempre y para enfrentarnos a nuestras vidas.
Ufff que recuerdos ¡!!
J.V.CH
XX PROMOCION
2ª. Sección
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Etiquetas: Jorge Valverde

viernes, 18 de diciembre de 2020

RECUERDOS DEL CMLP -XX

 RECUERDOS DEL CMLP

Por :

Jorge Valverde Challe

Corría el año 1962, en aquel entonces Lima era una ciudad amigable y apacible, en la radio empezaban a aparecer temas musicales de un grupo inglés llamado los Beatles que marcarían un hito en la música moderna, gran parte de la población limeña se transportaba en tranvías que circulaban por toda la ciudad, hoy en día ya han desaparecido de la circulación, la gente se distraía yendo a los cines para ver una película o a las matinales musicales, paseando por Miraflores o el Jr. De la Unión o tomando un café en los tantos lugares agradables de aquel entonces; yo cursaba el segundo año de secundaria cuando un día de ese mismo año, mi padre llegó a la casa portando un sobre que me entregó, lleno de curiosidad saque su contenido y vi que se trataba de un prospecto de admisión para un colegio militar donde se cursaban los tres últimos años de la educación escolar, era el Colegio Militar Leoncio Prado, yo sabía de su existencia ya que mis dos hermanos mayores habían terminado sus estudios en aquel colegio,  no era simple lograrlo, había que postular y aprobar las pruebas de conocimiento así como las de aptitud física y médico, fuimos cerca de 400 los afortunados que alcanzamos vacante y pasaríamos a integrar la XX promoción del CMLP, ese ingreso nos cambiaría la vida para siempre.


En los primeros días marzo del año 1963 (yo acababa de cumplir 14 años el día primero de ese mes), todos los postulantes que logramos una vacante, ingresamos al colegio por la puerta principal ubicada en la Av. Costanera donde se encuentra la estatua del Coronel Leoncio Prado, patrono del colegio y héroe de la guerra del Pacífico.

Trasponiendo la puerta pasando por la guardia de prevención, nos hicieron formar en unas canchas de cemento con unos tableros de básquet algo deteriorados por la brisa marina, ya que las instalaciones del CMLP se encuentran al borde de un acantilado que da al mar en el distrito de La Perla; las canchas estaban ubicadas al lado derecho de la entrada, luego de una corta espera se presentaron los oficiales asignados a la promoción, un capitán jefe de año, tres tenientes, cada uno a cargo de una compañía integrada por tres secciones, tres sub oficiales, asistentes de cada teniente y los monitores, estos últimos, cadetes del quinto año que habían recibido un curso de instrucción militar en los meses de verano para estar a cargo directo de los alumnos recién ingresados. Nos llamaron a cada uno de los que conformaríamos las 10 secciones del tercer año, integrado por estudiantes de todas las regiones del país, procedentes de colegios particulares y públicos, de toda condición social y de todas las razas, incluso habían varios cadetes panameños; ese día la XX promoción recibía su partida de nacimiento.

Una vez integrada las secciones en un número aproximado de 40 a 45 nuevos cadetes, los monitores nos llevaron al pabellón de tercer año y nos instalaron en los dormitorios llamados cuadras en las que pernoctaríamos el primer año de nuestra estadía, nos repartieron útiles, uniformes, capotines (tenías suerte si te daban uno de tu talla), borceguíes y colchones, los que tendríamos que marcar con alquitrán utilizando unas plantillas que nos repartieron y en donde se indicaba la sección a la que pertenecías y el número de orden que nos correspondía, nos mostraron nuestros respectivos camarotes donde pusimos nuestros colchones de lana, nos asignaron un ropero metálico donde guardaríamos nuestras pertenencias con un orden determinado y nos señalaron el área del piso del dormitorio que a partir de la fecha, era de nuestra responsabilidad mantenerlo limpio, enserado y lustrado, ya que dentro de la lista de cosas que nos solicitaron llevar, se encontraba una lata de cera y una franela.

Recuerdo la primera noche, fue difícil para todos, acabábamos de dejar la seguridad de nuestros hogares, la tutela y cariño de nuestros padres para de pronto, dormir en unos dormitorios colectivos con una veintena de camarotes y gente aún extraña, algunos no soportaron este drástico cambio y abandonaron el colegio en la primera semana, al amanecer tampoco fue fácil, fuimos despertados muy temprano con el toque de diana, teníamos que levantarnos a toda prisa, asearnos, vestirnos y salir a formar muy rápido, una vez formados los monitores pasaban lista y entregaban el parte de asistencia a los tenientes, comprobada la asistencia, marcharíamos al comedor para tomar el desayuno, un comedor enorme lleno de bullicio de platos, tasas, jarras y todo menaje de cocina, una veintena de mozos corriendo de un lado a otro repartiendo las raciones  del desayuno, cada ración estaba constituida por tres panes hechos en la panadería del mismo colegio y recién salidos del horno, un plato de avena, una tasa de leche, mantequilla, mortadela o aceitunas; en cada mesa del comedor se ubicaban 9 alumnos y un jefe de mesa integrado por un cadete de quinto año quien se encargaba de mantener el orden y los modales al comer.

Las primeras semanas fueron de una intensa capacitación militar y de “orden cerrado” a cargo de los oficiales y monitores, formar por secciones al paso ligero, tres últimos, firmes, atención, media vuelta, distancia sobre el hombro una y otra vez, marchas, ranas, planchas, canguros y más marchas, mas canguros, ranas y planchas, correr en formación y al paso ligero alrededor de las canchas deportivas, etc. etc. terminando el día agotados de tanto desgaste físico. Como compensación a este despliegue de energía, el rancho a la hora del almuerzo y la comida era abundante, dos panes a la hora del almuerzo, un plato de sopa, un segundo consistente en alguna menestra, un trozo de carne o pollo, arroz y postre, lo mismo a la hora del rancho de la noche pero ya sólo daban un pan por persona y si te descuidabas no comías tu pan; comida que literalmente era devorada con mucha avidez.

Nos enseñaron a hacer nuestra propia cama, habían dos formas de hacerlo; cama de día y cama de noche, la cama de día era doblar ambas sabanas por separado y dejarlas del tamaño de la almohada, una envolvía la almohada y se ponía en la parte superior, luego venía doblada la frazada del mismo tamaño de la almohada y se ponía en la parte media y por último la segunda sábana que envolvía la pijama, esta iba debajo de los dos primeros bultos haciendo un conjunto de tres paquetes perfectamente alineados en la cabecera y sobre el colchón se ponía la colcha, la que debía estar templada sin tener ni una sola arruga, la cama de noche es la misma que conocemos comúnmente, esto se repitió cada noche y cada mañana durante los tres años de nuestra estadía.

Los baños merecen una mención aparte; las duchas eran unos lugares ubicados dentro de una  edificación de un solo piso separadas de las cuadras por un pequeño campo de futbol y que tenían instaladas unas gruesas tuberías de agua, tanto en la parte superior como en los laterales de unos amplios ambientes de donde sólo salía agua fría y nos bañábamos todos a la vez, como en los establecimientos para lavar carros; también estaba el famoso “malacate”, lugar en el que hacíamos nuestras necesidades básicas, el malacate era un ambiente en el que se habían instalado dos filas de unos 10 wáteres por lado ubicados frente a frente, separados individualmente entre sí por unos pequeños muro, de modo que no podías ver a tus compañeros ubicado a los lados, pero no habían puertas, así que si podías ver a los que tenías frente a ti, cosa de locos, tremendo cambio para unos jovencitos acostumbrados a la privacidad de los baños de nuestros hogares.

Hacia fines de marzo se habían reintegrado la totalidad de alumnos del cuarto y quinto año, completando así el batallón de cadetes del CMLP al mando de un mayor jefe de batallón, compuesto por cadetes del tercer año llamados alumnos, los de cuarto llamados aspirantes, y los de quinto llamados técnicos, pero en el argot del colegio eran perros, chivos y vacas, en ese mismo orden.

Una vez completado el alumnado, la adaptación de los de tercero no era sencilla, éramos la última rueda del coche en el orden jerárquico, a todos los cadetes se les dotó a manera de identificación de una placa con nuestro nombre que debíamos prender en la tapa del bolsillo de la camisa del uniforme de diario, y en mi caso sucedió un hecho que nunca he olvidado; cuando me estaba dirigiendo a las cuadras de mi año, fui interceptado por un cadete de quinto (XVIII promoción), el cual al leer mi apellido en la placa de identificación me preguntó cuál era mi relación con un ex cadete de la XVI que tenía el mismo apellido, al describirlo le dije que era mi hermano, iluso yo de pensar que era un amigo de mi hermano que me protegería, pero fue todo lo contrario, mi hermano era muy inquieto y peleador y este me dijo que mi hermano le había pegado varias veces, luego de ello me abrazo del cuello fuertemente y me llevó a su cuadra,  felizmente era una de las más pequeñas ubicada en uno de los extremos del segundo piso del pabellón de quinto, ingresó siempre conmigo agarrado del cuello y les dijo a sus compañeros que allí se encontraban: Muchachos saben quién es este, es el hermano de fulanito, a continuación escuché un prolongado murmullo y muchos saludos a mi madre, luego de varias planchas y canguros que me ordenaron hacer, uno de los técnicos se me acercó con un cepillo de dientes y me lo extendió, yo sorprendido e ingenuo le dije que ya tenía cepillo, a continuación me dijo, barre ¡!! Y tuve que barrer la cuadra con el cepillo, felizmente como les comente, era un dormitorio pequeño, pero amanecí con un ligero dolor de espaldas y con un recuerdo inolvidable. Comprendí después de este incidente que yo sería el que iba a expiar muchas de las palomilladas de mi hermano, él había dejado huella a su paso por el colegio; con el correr del tiempo el técnico y yo terminaríamos siendo amigos.

El año académico en ese entonces comenzaba el primer día útil de abril, concurriendo a las aulas en horarios de mañana y tarde, para volver en las noches para cumplir con las tareas y estudiar las distintas materias, el plantel educativo era extraordinario, unos señores profesores, no quiero mencionar ningún nombre para no cometer el error de omitir a alguno de ellos, lo que sería una enorme injusticia, la mayoría autores de los textos escolares con los que estudiaban todos los colegios del país, nosotros fuimos afortunados concurriendo a las clases que recibimos de estos brillantes amautas.



El tiempo de ocio era muy poco, luego de concurrir a las aulas durante el día, a partir de las 5 pm había mucha actividad deportiva y cultural, entrenamiento en atletismo, clases de judo, pintura, música, ajedrez, periodismo, teatro etc. etc. nadie tenía tiempo de aburrirse. Por otro lado, los oficiales constantemente pasaban revista en las cuadras, comprobaban que el piso estuviera limpio, encerado y brillante, las camas bien hechas y templadas, los roperos en perfecto orden y la ropa aseada, así era la rutina diarias dentro de las instalaciones del colegio.

En el mes de julio de ese año, empezaron los ensayos para el gran desfile militar de fiestas patrias, el batallón de cadetes era ubicado a continuación de la escuela militar de Chorrillos, los ensayos eran arduos y con muchas pasadas por la tribuna central, teníamos que cargar sobre el hombre un fusil Mauser modelo original peruano de un peso aproximado de 4 kilos que tenía una larga bayoneta y que nos habían asignado como equipo a comienzo de año, además del fusil nos entregaron una mochila de lona muy resistente, una cantimplora para agua y un casco de soldado que utilizábamos los sábados para hacer maniobras fuera del colegio por la zona de Maranga que para ese entonces no tenía la población de hoy, la mayoría eran campos de cultivo y potreros que con el tiempo y el correr de los años, el cemento cambiaria para siempre ese panorama.

Todos los cadetes de tercero con el correr del tiempo, nos fuimos acostumbrando al rígido sistema de disciplina y estudios, pero cuando a uno lo pillaban cometiendo un acto de indisciplina o fuera del reglamento, teníamos dos opciones: o hacer castigo físico que consistía en ejecutar un número determinado de planchas, canguros, ranas o aceptar una papeleta de infracción disciplinaria, estas tenían un puntaje determinado y las aplicaban en función a la falta cometida, la mínima era de 3 puntos, con 5 puntos te arruinaban la salida del sábado a las 11 am y recién salías a las 5 pm, si sumabas 10 puntos no salías hasta el domingo a las 10 de la mañana y si superabas los veinte puntos, ya que las papeletas eran acumulativas, te quedabas castigado todo el fin de semana sin salir del colegio y te convertías en el banquete de la gran cantidad de zancudos que no dejaban dormir por la noche chupándote tu sangre; habían cadetes que casi siempre eran castigados y no salían con mucha frecuencia, salvo en las ocasiones que decretaban salida general, a estos castigados les decíamos panetones porque sólo salían para fiestas patrias o por navidad.

En el aspecto militar desarrollamos actividades propias de un cuartel, por ejemplo el servicio de imaginaria, cada noche y de acuerdo a un rol establecido, 4 cadetes tenían que cumplir con este servicio que consistía en velar durante dos horas la cuadra y dar parte a la ronda nocturna de oficiales si había alguna novedad con los cadetes, recuerdo que mi primera vez fue muy estresante, esa noche me toco el tercer turno, es decir de 2 a 4 de la madrugada (sin duda era el peor turno), y justo esa noche nos habían pasado en el auditorio una película de terror (para esa época), con Vincent Price llamada La Fosa y el Péndulo, además, los cadetes de quinto año nos habían dicho que el alma de Duilio Poggi (Héroe leonciopradino muerto trágicamente por defender a una dama) se paseaba de madrugada por las cuadras, sumado a que algunos compañeros de pronto y a gritos, hablaban dormidos originándome más miedo, es decir, pasé mi turno con los pelos de punta, no veía las horas de hacer el relevo con el turno siguiente, demás está decir que cada turno parecía una eternidad.

En la parte de evaluación estudiantil se clasificaba a los cadetes de acuerdo a su aprovechamiento en: Cadetes de Honor que eran los que alcanzaban las más altas notas y se les distinguía con un cordón rojo y amarillo, cadetes distinguidos que usaban un cordón rojos, cadetes eficientes y cadetes deficientes (o simplemente corchos), felizmente muy pocos de estos últimos, la competencia era ardua y cada bimestre cambiaba el orden de mérito, la puntuación de notas era del 1 al 100 siendo 60 el mínimo aprobatorio.

En el mes de diciembre se realizó la clausura del año escolar, en esa época la ceremonia era presidida por el Presidente de la República y el comandante general del ejército peruano, para ese entonces nosotros ya no éramos los mismos que habíamos ingresamos en marzo, durante un año fuimos moldeados y curtidos tanto en la parte intelectual como física y por fin dejaríamos de ser los últimos en el orden jerárquico, seriamos aspirantes, lamentablemente con algunas bajas por aprovechamiento o conducta.

Así terminó el año 1963 para la XX promoción, con miles de anécdotas individuales y de grupo, ahora al mirar retrospectivamente, me invade cierta nostalgia por haber vivido esos maravillosos años de juventud donde se forjaron las mejores amistades y un sólido sentimiento de compañerismos entre nosotros, las paredes amarillas del colegio que nos cobijó del frio invernal frente al mar ya no existen, la famosa Siberia (llamada así por el intenso frio que se sentía en ese lugar), pabellón de nuestras aulas durante los tres años de permanencia en nuestro colegio, ahora sólo vive en nuestro recuerdo, la Perlita, un quiosco de comida muy concurrido tampoco está, todo fue demolido para reconstruir un moderno local, muchos de nuestros compañeros muy queridos y con los que compartimos momentos de alegría, estudio, tristeza, marchas forzadas, castigos físicos, palomilladas y bromas,  moran ahora en otra dimensión, tal vez desfilando marcialmente en el cielo o cantando nuestro himno llenos de alegría, atrás quedaron esos años juveniles llenos de vitalidad, pero nos queda el consuelo y el orgullo de haber pasado por sus aulas y vestido el uniforme del colegio en sus dorados y mejores años.

En lo personal me queda un sentimiento de enorme gratitud, en primer lugar a mi padre, por haber decidido que yo postulara al colegio militar, a mis profesores, magníficos docentes que lograron instruirnos de la mejor manera, alcanzando un alto grado de preparación en la promoción, con ex cadetes destacados en casi todos los campos de las diferentes profesiones, a nuestros instructores militares, que poco a poco fueron formando nuestra resistencia y nuestro carácter para enfrentar las diferentes situaciones que se presentan en la vida diaria ; a nuestros Monitores de la XVIII, que contribuyeron día a día en nuestra formación y a mis compañeros de la XX, hermanos para toda la vida.








Leonciopradrinos por Siempre

Valverde Challe
XX PROMOCION
a la/s diciembre 18, 2020 2 comentarios:
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Etiquetas: Jorge Valverde

miércoles, 19 de agosto de 2020

REMEMBRANZAS DE COCO VALVERDE

Por :

Jorge Valverde Challe

 


REMEMBRANZAS

En la medida que nos vamos haciendo mayores (parte del proceso de vivir), los recuerdos cada vez son más recurrentes y nos vamos volviendo más sensibles a ellos, quién no recuerda los momentos alegre que nos tocó vivir (o de los otros), como por ejemplo: nuestra graduación, nuestro matrimonio (el primero para los reincidentes….jajaja), el nacimientos de nuestros hijos o nietos, o….aquellos tres años que pasamos en nuestro querido CMLP.

Han pasado 55 largos años desde nuestro ingreso al colegio militar allá por el año 1963 y los recuerdos de aquellos inolvidables años están siempre presentes, tengo muy claro en mi memoria el día en que a mediados de 1962, mi padre me entregó el “prospecto de admisión” al  COLEGIO MILITAR LEONCIO PRADO y me dijo que me iba a presentar para postular a una vacante, yo tengo un hermano que es de la XVI promoción y lo único que recordaba del colegio era el haber ido a visitarlo los domingos, en aquella época no tenía la menor idea que yo tendría un “deja Vu” personal.

Los exámenes de ingreso los tengo muy vívidos en mi memoria, así como el primer día del internamiento en marzo de 1963, nos llamaron por nuestros nombres y nos hicieron formar en las canchas de fulbito colindantes al muro que da a la Av. Costanera en ese entonces, y nos presentaron a nuestros “monitores” de la XVIII para luego instalarnos en las cuadras en las que pasaríamos el tercer año y para que recibamos nuestros implementos y vestuario, recuerdo que me dieron un capotín que era mucho más grande que mi talla y mi mamá tuvo que meterle costura por todos lados para que se ajustara un poco a mi tamaño..jajajaja, el proceso de marcado de prendas con alquitrán y plantilla fue todo un espectáculo ¡!! El primer año nos asignaron a la tercera sección y en cuarto y quinto a la 2ª. a muy pocos días de estar en el colegio y  como teníamos la plaquita de identificación con nuestro apellido prendido en el bolsillo de la camisa, el técnico Vílchez de la XVIII vio mi apellido y me preguntó qué relación tenía con el Valverde de la XVI, yo ingenuamente le dije que era mi hermano y ante mi total sorpresa, me agarró del cuello con el brazo, no sin antes saludar a mi pobre mamá a nombre de mi hermano y me dijo: sabes que tu hermano (este había sido toda una joyita en su paso por el colegio), me pegó y me dejó el ojo morado ¿? Dicho eso y sin soltarme del cuello, me llevó a su cuadra (dormitorios),y les preguntó a sus compañeros; saben quién es este ¿?? Las vacas me miraron y nadie sabía quién era yo obviamente, y él les dijo: este es hermano de Pepe Valverde…en ese instante sentí un coro de voces mencionando a mi pobre mamá que era totalmente ajena a esa situación y algunos me empezaron a “regalar” caricias que me dejaron sin aliento mientras yo recordaba a mi hermano, hasta que Vílchez me dio un cepillo de dientes, yo le dije que gracias, que yo ya tenía uno y el muy HDP me dijo que el cepillo era para barrer la cuadra (afortunadamente era de las más pequeñas), así que mi primera experiencia fue barrer la cuadra con un cepillo dental ¡!!! , luego nos haríamos grandes amigos con el transcurrir del año.

Todos tenemos recuerdos de experiencias individuales  o grupales  del CMLP, como oír la diana al despertar por las mañanas, o el conmovedor toque de silencio para dormir, levantarse temprano para iniciar la jornada diaria, nuestros desayunos, si te descuidabas te volaban un pan (nos daban tres por ración pero si podías comías cuatro !!!), o tu ración de jamonada, la formación para ir a las aulas luego de pasar lista, la hora del rancho, la música del medio día que amenizaban los almuerzos con las canciones del momento: Popotitos, el Cubanito, los hermanos Pinzón y muchas otras., el gabinete de física o el laboratorio de química donde abríamos la llave del gas que tenía un olor fétido, las clases magistrales de Historia Universal del profesor Herman Busse (actualmente hay un colegio que lleva su nombre), o las de Santillán Arista, (Ufff, qué profesores aquellos ¡!!), o las instrucciones militares del recordado Capitán Pareja, el teniente Huarcaya, o el Loco Sousa (cada vez que estaba de guardia, la primera compañía tenía “plantón” fijo), o del inolvidable SO Esquerre, ícono de la  XX, que nos hacía marchar con paso de ganso cuando regresábamos de noche de las aulas a las cuadras y su infaltable vara de jebe que dolía como diablos ¡!!, las actividades deportivas y culturales de las 5 pm, el malacate, la Perlita con su combinado montado, la rompe filas, aquella muchacha veinteañera y deliciosa que nos hacía contemplar la cadencia de sus caderas al caminar y nosotros como leones enjaulados nos imaginábamos lo que haríamos con ella jajajaja, ahora debe ser una abuelita venerable si es que no nos ha dejado, los viernes de película, Música y Lágrimas basada en la historia de Glen Miller, La fosa y el Péndulo con Vincent Price y muchas otras que no logro recordar (si no te gustaba la película te subías a balcón a jatear en las últimas gradas), con actuaciones previas del dúo Luz y Sombra (trompeta y batería con cadetes del 5º. año), el mejoramiento de rancho con helados D’Onofrio, la salida general o la temida lista de castigados (sin salir hasta la siguiente semana), las papeletas de castigo del sub oficial “Chatarra”, el turno de imaginaria y cuartelero, la campaña de fin de año  en los arenales de Lurín, el desfile de fiestas patrias con sus ensayos previos y muchos otros imborrables recuerdos y anécdotas, como cuando le llenamos de grillos la cama a Maldonado Madico y cuando se metió al sobre, pegó un salto que casi bota el catre de arriba, esa noche fuimos varios al calabozo por el lío que se armó, previamente tuvimos que “cazar” a todos los grillos que saltaban por todas partes ¡!!!!….jajajajajaja. y nuestro hermoso himno leonciopradino, siempre presente en todas nuestras reuniones.

Ahora, luego de 55 años desde nuestro ingreso y de mucha agua transcurrida bajo el puente de cada una de nuestras vidas, celebraremos un nuevo re encuentro anual (75 años de su fundación), con el reconocimiento de lo que significó y aportó en nuestras vidas el CMLP, el haber vivido tres años dentro de sus muros amarillentos que nos dieron protección y abrigo y que hoy ya no existen físicamente, debido a ese océano eterno frente al colegio, que debilitó sus cimientos por la humedad del lugar, pero que siempre estarán en pie en nuestros recuerdos y por tener la suerte de haber pasado por sus aulas, haber conocido de un plumazo a más de 400 compañeros, hermanos leonciopradinos para toda la vida, muchos de los cuales ahora lamentablemente, moran en otra dimensión pero que siguen viviendo en nuestros corazones como cuando éramos aquellos jóvenes alegres y vigorosos. Nunca morirán si los tenemos siempre presentes.

Podría citar ahora a Rubén Darío cuando escribió “juventud divino tesoro, te vas para no volver, cuando quiero llorar no lloro, y a veces lloro sin querer”, aquellos años no volverán, pero podemos decir que tuvimos la inmensa suerte de vivirlos y de ser de los privilegiados que ingresamos al Colegio Militar Leoncio Prado “para toda la vida” en una de sus mejores épocas.

Alto el pensamiento.

Un abrazo

Yo

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